Gli incontri di una lumaca avventurosa

Che infantile dolcezza
nel mattino quieto!
Gli alberi protendono
le loro braccia a terra.
Un soffio tremulo
ricopre le sementi,
e i ragni distendono
le loro strade di seta
- raggi sul cristallo limpido
dell'aria - .

Vincent de Groot - https://www.videgro.net -
Nel viale
una fonte recita
il suo canto tra le erbe.
E la lumaca, pacifico
borghese della strada,
ignorata nella sua umiltà,
ammira il paesaggio.

Particolare da Gerard ter Borch, Ritratto memoriale di Moses ter Borsh, 1668
La divina quiete
della natura
le ha dato forza e fede,
e dimenticando le pene
della sua casa, volle
vedere dove porta il sentiero.
Cammina cammina, giunse così
in un bosco di edere
e di ortiche. In mezzo
c'erano due vecchie rane
che prendevano il sole,
annoiate e malate.
«Questi canti moderni»,
bofonchiava una di quelle,
«sono inutili.» «Tutti,
amica», le ribatte
l'altra rana che era
ferita e quasi cieca.
«Quando ero giovane credevo
che se mai Dio sentisse
il nostro canto, avrebbe
pietà. La mia scienza,
dal momento che sto al mondo da tanto,
mi vieta di crederlo.
E ormai non canto più...»
Le due rane si lamentano,
chiedendo un'elemosina
a una ranocchietta
che presuntuosa passa
scostando l'erba.

Gabriel Cazals, Rane, 1894
La lumaca si ferma
davanti al cupo bosco.
Vuol gridare. Non può.
Le rane si avvicinano.
«È una farfalla?»
dice quella quasi cieca.
«Ha due cornette»,
ribatte l'altra rana.
«È la lumaca. Lumaca,
vieni da altre terre?»
«Vengo da casa mia e voglio
tornarci quanto prima.»
«È un verme assai codardo»,
esclama la rana cieca.
«Non canti più?» «Non canto»,
dice la lumaca. «E non preghi?»
«Neanche: non ho mai imparato.»
«E non credi nella vita eterna?»
«E che cos'è?»
«Vivere sempre
nell'acqua più limpida,
vicino ad una terra ricca di fiori
che offrano pascoli magnifici.»
«Quand'ero piccola un giorno
la mia povera nonna mi disse
che dopo la morte sarei finita
sulle foglie più tenere
degli alberi più alti.»

Miniatura con chiocciola e rana, XV secolo
«Era un'eretica tua nonna.
La verità è la nostra.
Dovrai credere a questa»,
dicono furiose le rane.
«Perché ho voluto vedere il sentiero?»
geme la lumaca. «Sì, credo
per sempre a quella vita eterna che mi predicate...»
Le rane,
tutte pensierose, se ne vanno,
e la lumaca, spaventata,
s'inoltra nella selva.
Le due rane mendicanti
restano come due sfingi.
Una domanda:
«Ci credi alla vita eterna?».
«Io no», dice triste triste
la rana ferita e cieca.
«E perché, allora, abbiamo detto
alla lumaca che deve credere?»
«Perché... Non so perché»,
dice la rana cieca.
«Ho un groppo alla gola
quando sento con quanta fede
i miei figli invocano

Edwin Henry Landseer, Studio di rana, metà XIX secolo
Dio là nel canale...»
La povera lumaca
torna indietro. Si diffonde
dal viale sul sentiero
un silenzio ondulato.
S'incontra con un gruppo
di formiche rosse.
Son tutte eccitate,
hanno un gran da fare
per trascinare una compagna
che ha le antenne rotte.
«Pazienza, formichette.
Perché maltrattate così
una vostra compagna?
Ditemi cos'ha fatto.
Giudicherò io in coscienza.
Raccontalo, tu, formichetta».
La formica mezza morta
dice triste triste:
«Ho visto le stelle».
«Cosa son le stelle?»
dicono le formiche inquiete.
E la lumaca domanda
pensierosa:«Stelle?».
«Sì», ripete la formica,
«ho visto le stelle,
son salita sull'albero
più alto del viale
e ho visto mille occhi
nelle tenebre.»
La lumaca domanda:
«Ma cosa son le stelle?».
«Sono luci che portiamo
sulla nostra testa.»
«Ma noi non le vediamo»,
commentan le formiche.
E la lumaca: «La mia vista
non va più in là dell'erba».
Agitando le antenne
le formiche esclamano:
«Ti ammazzeremo; sei
perversa e pigra.
La tua legge è il lavoro».
«Ma io ho visto le stelle»,
dice la formica ferita.
Sentenzia la lumaca:
«Lasciate che se ne vada,
seguitate le vostre faccende.
D'altronde forse
tra poco morirà».
Nell'aria dolce
è volata un'ape.
La formica in agonia
avverte l'immensa sera
e dice: «Ecco chi viene
a portarmi su una stella».
Le altre formichette
se ne vanno nel vederla morta.

La lumaca sospira
e stordita s'allontana
tutta confusa
circa l'eternità.«Il sentiero
non ha fine», esclama.
«Forse di qui
si arriva alle stelle.
Ma questa gran pigrizia
mi impedirà di giungerci.
È bene non pensarci più.»
Ogni cosa appariva soffusa
di nebbia e sole pallido.
Campane in lontananza
invitano la gente in chiesa
e la lumaca, pacifico
borghese della strada,
stordita e irrequieta
ammira il paesaggio.
Granada, dicembre 1918

Emil Filla, Lumaca, 1942
Los encuentros de un caracol aventurero
Hay dulzura infantil
en la mañana quieta.
Los árboles extienden
sus brazos a la tierra.
Un vaho tembloroso
cubre las sementeras,
y las arañas tienden
sus caminos de seda
-rayas al cristal limpio
del aire-.
En la alameda
un manantial recita
su canto entre las hierbas.
Y el caracol, pacífico
burgués de la vereda,
ignorado y humilde,
el paisaje contempla.
La divina quietud
de la Naturaleza
le dio valor y fe,
y olvidando las penas
de su hogar, deseó
ver el fin de la senda.
Echó a andar e internose
en un bosque de yedras
y de ortigas. En medio
había dos ranas viejas
que tomaban el sol,
aburridas y enfermas.
"Esos cantos modernos
-murmuraba una de ellas-
son inútiles". "Todos,
amiga -le contesta
la otra rana, que estaba
herida y casi ciega-.
Cuando joven creía
que si al fin Dios oyera
nuestro canto, tendría
compasión. Y mi ciencia,
pues ya he vivido mucho,
hace que no lo crea.
Yo ya no canto más…"
Las dos ranas se quejan
pidiendo una limosna
a una ranita nueva
que pasa presumida
apartando las hierbas.
Ante el bosque sombrío
el caracol se aterra.
Quiere gritar. No puede.
Las ranas se le acercan.
"¿Es una mariposa?",
dice la casi ciega.
"Tiene dos cuernecitos
-la otra rana contesta-.
Es el caracol. ¿Vienes,
caracol, de otras tierras?"
"Vengo de mi casa y quiero
volverme muy pronto a ella".
"Es un bicho muy cobarde
-exclama la rana ciega-.
¿No cantas nunca?" "No canto",
dice el caracol. "¿Ni rezas?"
"Tampoco: nunca aprendí".
"¿Ni crees en la vida eterna?"
"¿Qué es eso?
"Pues vivir siempre
en el agua más serena,
junto a una tierra florida
que a un rico manjar sustenta".
"Cuando niño a mí me dijo
un día mi pobre abuela
que al morirme yo me iría
sobre las hojas más tiernas
de los árboles más altos".
"Una hereje era tu abuela.
La verdad te la decimos
nosotras. Creerás en ella",
dicen las ranas furiosas.
"¿Por qué quise ver la senda?
-gime el caracol-. Sí creo
por siempre en la vida eterna
que predicáis…"
Las ranas,
muy pensativas, se alejan.
y el caracol, asustado,
se va perdiendo en la selva.
Las dos ranas mendigas
como esfinges se quedan.
Una de ellas pregunta:
"¿Crees tú en la vida eterna?"
"Yo no", dice muy triste
la rana herida y ciega.
"¿Por qué hemos dicho, entonces,
al caracol que crea?"
"Por qué… No sé por qué
-dice la rana ciega-.
Me lleno de emoción
al sentir la firmeza
con que llaman mis hijos
a Dios desde la acequia…"
El pobre caracol
vuelve atrás. Ya en la senda
un silencio ondulado
mana de la alameda.
Con un grupo de hormigas
encarnadas se encuentra.
Van muy alborotadas,
arrastrando tras ellas
a otra hormiga que tiene
tronchadas las antenas.
El caracol exclama:
"Hormiguitas, paciencia.
¿Por qué así maltratáis
a vuestra compañera?
Contadme lo que ha hecho.
Yo juzgaré en conciencia.
Cuéntalo tú, hormiguita".
La hormiga, medio muerta,
dice muy tristemente
"Yo he visto las estrellas."
"¿Qué son las estrellas?", dicen
las hormigas inquietas.
Y el caracol pregunta
pensativo: "¿Estrellas?"
"Sí -repite la hormiga-,
he visto las estrellas,
subí al árbol más alto
que tiene la alameda
y vi miles de ojos
dentro de mis tinieblas".
El caracol pregunta:
"¿Pero qué son las estrellas?"
"Son luces que llevamos
sobre nuestra cabeza".
"Nosotras no las vemos",
las hormigas comentan.
Y el caracol: "Mi vista
sólo alcanza a las hierbas."
Las hormigas exclaman
moviendo sus antenas:
"Te mataremos; eres
perezosa y perversa.
El trabajo es tu ley."
"Yo he visto a las estrellas",
dice la hormiga herida.
Y el caracol sentencia:
"Dejadla que se vaya.
seguid vuestras faenas.
Es fácil que muy pronto
ya rendida se muera".
Por el aire dulzón
ha cruzado una abeja.
La hormiga, agonizando,
huele la tarde inmensa,
y dice: "Es la que viene
a llevarme a una estrella".
Las demás hormiguitas
huyen al verla muerta.
El caracol suspira
y aturdido se aleja
lleno de confusión
por lo eterno. "La senda
no tiene fin -exclama-.
Acaso a las estrellas
se llegue por aquí.
Pero mi gran torpeza
me impedirá llegar.
No hay que pensar en ellas".
Todo estaba brumoso
de sol débil y niebla.
Campanarios lejanos
llaman gente a la iglesia,
y el caracol, pacífico
burgués de la vereda,
aturdido e inquieto,
el paisaje contempla.
Gralli
